jueves, octubre 05, 2006

Infierno




El infierno ya no tiene mas cupo. Me devolvieron por que tenía el corazón demasiado frio, y como trozo de hielo sobre un trago, podía haber diluído lo poco de decente que le queda.
El infierno ya no tiene mas cupo. No insistan y portense bien, que el diablo ya tiene suficiente con los aportes de 4 mil años de mierda humana.
El infierno no tiene mas cupo, por que tengo el culo grande y probablemente tape la entrada. No lo sé. Puedo inventarme 10 mil excusas. Pero solo una tiene el nombre adecuado, el cuerpo adecuado. Y cuando se aparece sin que se lo pida, llena de fuego mi cuerpo, y de cólera e impotencia mi cabeza.
El infierno no tiene mas cupo, por que no acepta estupidos.

domingo, julio 30, 2006

Fin


Hoy he decicido morir
por que ya no soporto el dolor de mi hombro
la soledad de los telefonos inexistentes
las borracheras preparadas
y sin sentido
en que no ocurre nada

Ya me cansé de vivir
y de ser admirado por todos
y que llegue el viento y lleve mi vida, mi aliento y trascendencia

Ya me cansé de respirar el aire blasfemo.
La ignorancia,
y la puta rebeldia de los cobardes,
que por dar consejos
no han probado el sabor de su propia mierda.

Ya me cansé de soñar,
por que me robaste los putos sueños,
y por que dejaste un ser sin esperanza, ni amor.
Con el puro egoismo aprendido del dolor,
y con la rabia infantil de no obtener el puto fruto de tu vientre,
tu amor,
y tu paciencia.

Me harté de esperar por cambiar,
mantenerme,
sonreir,
golpear, escupir, ayudar, mentir,
follar, disculparme, amar y de todo lo que signifique una
simple obligacìón con otros.

Me harté.

Adiós.
Y que disfruten el puto show. No hay pasaje de vuelta.
Ni lágrima vertida a ultimo minuto.

jueves, julio 20, 2006

Hojas y hojas




No fue suficiente el ultimo espasmo, y con la pierna estirada, igual que un calambre, dejaba de respirar y pasaba, a lo que dicen "una mejor vida". Es que las ratas mueren rápido si eres certero y el veneno que les imprimes, es efectivo hasta para elefantes. Bastó una palabra, y la rata murió rapidito. No hubo tiempo para confesiones, disculpas o descargos. Simplemente la saqué del laberinto, la miré a los ojos , rojos, inexpresivos, pero rabiosos de su ratedad, y le dije, con una voz con impronta: ya no eres!!! Shazzam!!! Y murió. Nada que hacer, solo ver como se debatía, y alegaba de que su corta y triste vida de rata de laberinto se esfumaba, y que cada suspiro, contenido o no, me decía : ganaste.
Triste pero cierto doctor, las ratas no solo luchan por su ratedad, si no que tambien buscan difundirla, como Cristos en el laberinto, tratan de contagiar su palabra, su evangelio de vida de rata, a otras como ellas, menos iluminadas. Les indican el camino del amor verdadero de una rata, como se debe ser y como no equivocarse en los caminos del laberinto, transmitiendo su verdad profetica de rata, se quedan quietas, sintiendo el poder de la admiración y del alabado queso que a todas las proteja.
Yo las entendía doctor. Usted sabe. Como lo hace usted con nosotros. Las entendía, y las liberaba de su tristeza cuando llegaba otra rata mas gorda, y con muchos laberintos en el cuerpo, y les quitaba el puesto. La luz. Dejaban de brillar, y la sangre en sus ojos se opacaba. Es una mirada triste doctor, muy triste.
Yo las amaba. A las ratas, las admiraba en su inocencia. Veia como el ciclo de sus vidas pasaba. Se reproducían. Multiplicadas, trataban de luchar en contra de los misterios de la vida. Pero bastaba un aliento mio. Una palabra precisa. Y la rata dejaba de vivir. Y toda su fortuna, pasaba a ser un instante entre el laberinto y el tarro de la basura.
Eran ratas doctor. Solo ratas. Como las hojas en el medio del arbol, tratando de buscar el calor del Sol. No tenian idea del triste invierno.
Y de lo cruel que puede ser una escoba.

domingo, julio 09, 2006

Nubes


Nada particular en los ojos. Solo una pizca de polvo. Un instante fotográfico. Pequeños flashes de infancia. Algún afiche publicitario barato. Una imagen de una pareja en un café. Solo polvo en los ojos.
Llovía un poco más. Con frío. Con ganas. Caminaba las mismas cuadras por el parque, como todos los días, desde hace años. Ningún árbol lo conmovía, no sonreía. En realidad nunca aprendió a sonreír. Todos los días de su vida recordaba, a esa misma hora, que nunca lo había aprendido. Y el agua caía. Pero solo tenía polvo en los ojos. Vago, tranquilo y soberbio, el curso de sus pensamientos oscilaba como su postura al caminar: a veces recordaba que tenía que enderezarse para no perder el garbo.
Parecía que esa tarde era más gris. Su abuela, la “viuda loca”, apodo secreto entre los catorce nietos, le dijo una vez que la muerte no se ansiaba, solo se esperaba, en una serena monotonía. En realidad, además del maicillo mojado, pegándose como mierda al cuero de sus zapatos, solo el reflejo de un enorme espejo pálido en el agua, parecía llamarle la atención. Como esa tarde en Puerto Montt, hace 25 años.
Acostado en el pasto, la velocidad de las nubes, fue el manifiesto natural que en algún momento lo llevó a creer. ¿Dios? Puede ser. Nunca pidió arbustos en llamas luego de aquello, aunque siempre vivió con la opresión en el pecho de que necesitaba una respuesta. Las nubes pasaban formando conejos, mamuts, las tetas de su madre, y algún gato medio hambriento, como los que se asomaban a pedir jurel en el departamento de Santa Rosa. Se entretenía con cuatro años de vida, con una creencia, acostado en el pasto, y una pizca de polvo en los ojos.
Los pasos aumentaban con las gotas de agua. Las pozas reflejaban más y más, y la figura encorvada de su vida, no alcanzaba a llenar el espacio del aire que respiraba esa tarde en el Parque Forestal. Sentía que se desvanecía cada respiro, como el vaho que sale de la boca de los perros vagabundos. Como las nubes.
No se percató de la micro que venía, y cuando sintió el primer crujido de sus huesos, oyó el dolor de la medula gritando por primera vez en su vida. Con ello se desvaneció el terror que tenía a fracturarse un hueso, se le quebraba la vida. Y en ese puto minuto, solo, encorvado y con polvo en los ojos, se le iba lo quedaba de alma.
Como una nube.
Murmuró su nombre, y aprendió a sonreír.

martes, julio 04, 2006

Alivio

Un hombre siente que despierta, pero no logra abrir sus ojos. Intenta moverse, pero descubre que está paralizado. Empieza a oír voces:
- Pobre...
- Mírale la cara. Es como si durmiese.
Siente olor a velas. ¿Será que...?
Otras voces:
- Si. Ahora descansa.
- Nadie lo esperaba. Tan saludable...
- Pobre...
Las voces parecían conocidas. Empieza a entrar en pánico. Concentra todas sus fuerzas en abrir los ojos. No lo logra. Intenta mover una de las manos. Un dedo! Dios mío!!! Necesito demostrar que es un error!!! Que no morí!!! Me van a enterrar vivo. ¿O será que no es un error? Me morí? me mori!!! Escucho todo. Siento todo. Pero no estoy muerto. Es horrible, es....
- Un hombre tan bueno...
- Gran caracter...
- Que marido!
- Una vida ejemplar!!!
El hombre se queda tranquilo. Puede que esté en un velorio. Pero, definitivamente, no es el suyo.

lunes, junio 19, 2006

A quien se lo merece


El aire se hacía espeso con lo inevitable. Cada sonrisa, trasgredia un poco mas la distancia íntima. Cada ojo, encajaba y sincronizaba con el otro, existiendo solo un pestañeo. Cada párpado, pedía clemencia, y cada suspiro, acompañaba a alguna nueva sensación en la lengua. Era inevitable el día que te conocí.
Eres inevitable.
Aunque me esfuerce en ello. Aunque dedique todas mis fuerzas por luchar en contra tuya. Aunque jure a pies juntos que me vas a odiar.
Eres inevitable.
No respiras en mis sueños, y creo que no es mi anhelo. No tocas mi mano de forma adecuada, pero acaricias mi sexo con la conviccion necesaria de que eres única.
Eres inevitable.
Y valiente.
Te admiro.

martes, mayo 09, 2006

Posesión, celos y autocompasión en un vagón de metro cualquiera.


Hay un punto en el medio de las rayaduras del vidrio y los autoadhesivos preventivos de la puerta automática, en que logré, con un ojo semi cerrado, reconocerte en el otro vagón, con tu mirada incomoda y temerosa, reconociéndome entre muchos, mientras te enrostraba la culpa de mi abandono, con el motivo de mi odio besándote el cuello, apretando tu espalda, mordiendo nuevamente tus muslos con las manos, penetrándote fuertemente por detrás, tomando posesión y conquista de tus pechos, apretando pezones como cigarrillos a medio fumar, y tu contorsionándote, culpable, culpable, culpable, pidiéndome perdón, lacerando lo poco que me queda de tí adentro, antes de que pudiese decir adiós, en una estación de metro que no me acuerdo, y con el sonido de mi vagón despertándome hacia la dirección contraria, llevándome al destino seguro del olvido y el conformismo.